¿Qué estamos haciendo con nuestra vida?

Cuando tenemos sed o cuando nos lavamos la cara en la mañana, ¿qué es lo que de veras necesitamos? ¿El agua o el grifo? La pregunta, como muchos interrogantes sencillos, tiene un poderoso efecto cuestionador, y fue formulada por John Thackara, filósofo, periodista y uno de los más respetados y talentosos diseñadores contemporáneos. Creador y director de Doors of Perception, una red con sede en Amsterdam que conecta a diseñadores, pensadores e innovadores de todo el mundo para reflexionar sobre el futuro, Thackara es autor de un decálogo en el que propone pensar en las necesidades antes que en las innovaciones y en el valor social antes que en la novedad de la tecnología. La pregunta sobre el agua y la canilla podría extenderse a numerosos rubros de la vida cotidiana. ¿Necesitamos comunicarnos o un celular que tome fotos, emita música y adivine qué número deseamos marcar? ¿Necesitamos ponernos en contacto con otro ser humano o perdernos en la maraña de un chateo multitudinario? ¿Necesitamos transportarnos o un auto que bata las marcas mundiales de velocidad? ¿Necesitamos la información que nos es útil o toda la que se nos ofrece torrencialmente? ¿Necesitamos ver una película que nos alimente estética, emocional o intelectualmente o sólo bajar de Internet todos los filmes posibles y verlos uno detrás de otro hasta no recordar ni la trama ni las imágenes de la mayoría de ellos? ¿Necesitamos comunicarnos cuando de ello depende algo esencial o poseer un artefacto que nos salve del silencio y de la intimidad las veinticuatro horas del día, en cualquier momento y en cualquier lugar? ¿Necesitamos escuchar música o atosigarnos de ruido sólo porque es fácil acceder a él? Hacia mediados de 1940, el psicoterapeuta ruso-estadounidense Abraham Maslow, uno de los pilares de la psicología humanista, desarrolló su célebre pirámide, que describía las necesidades humanas. En la cima están las necesidades de autorrealización (cumplimiento de las potencialidades más profundas del individuo, las que dan sentido a su vida). En la base, las fisiológicas (alimento, agua, aire, abrigo, techo). Entre ambas, las de autoestima, de aceptación (amor, amistad, afecto, pertenencia) y de seguridad (protección). Maslow sostenía que, cubiertas las necesidades de la base, el individuo empieza a emplear sus energías progresivamente en las otras. A mitad de camino de ese ascenso, en las de aceptación, está socialmente incorporado. Maslow habla siempre de necesidades, nunca de “deseos”. Estos suelen camuflarse como necesidades, distraer la energía, generar conflictos interiores, insatisfacción, angustia existencial. Confundir deseos con necesidades y satisfacción o placer con felicidad suele ser un paso habitual en nuestra cultura y un motivo de confusión, desorientación y descontento. Aunque ha recibido algunas críticas (se le objeta “arbitrariedad” y se la ha llamado “obsoleta”, como si las características humanas pudieran serlo), la vigencia de la pirámide es fácilmente observable en el mundo contemporáneo. Un caso es el del holandés Jil van Eyle, que además de asesorar al director técnico del Barcelona, Frank Rikjaard, es el creador del proyecto Teaming, dedicado a recoger fondos para diversas ONG del mundo. Hoy, Van Eyle tiene 39 años; hasta los 33 fue un asesor mimado de grandes corporaciones. Entonces nació Mónica, su primera hija, afectada de hidrocefalia. No había esperanzas para ella: se le pronosticaba una pronta muerte. Van Eyle no se resignó, luchó por la niña a pesar del escepticismo médico. Mónica sobrevivió. Es sorda, ve poco, pero ha comenzado a caminar, sonríe, se comunica. “Hasta hace diez años, confiesa Van Eyle con coraje, yo era un idiota redomado. Sólo me importaba mi carrera, ganar dinero y tener un coche caro. Sufría si el auto de un amigo o de un colega era mejor que el mío. Así como me había prometido ser millonario, a partir de Mónica me juré que sería el mejor padre del mundo. Ella me enseñó a darle sentido a mi vida, y una vida con sentido es una vida útil. Hoy no tengo coche, pero no me siento solo, como cuando corría tras los millones. Vivo comunicado con los demás; eso es lo que necesitamos los seres humanos.” Por cierto, no es lo mismo la comunicación de la que habla Van Eyle que la simple conexión. En su lúcido y ya clásico ensayo El amor líquido, en el que explora sin concesiones las relaciones humanas en la sociedad contemporánea, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman advierte que vivimos en un planeta en el que cada vez hay más personas conectadas y, paradójicamente, más incomunicadas entre sí. ¿En qué se evidencia la incomunicación? Por ejemplo, en la falta de tiempo de padres para los hijos. Se delega la crianza en la escuela, en personal asistente (niñeras, profesores privados, entrenadores), en los juegos de computación, en la computadora misma, en la televisión. En septiembre de 2006, una encuesta nacional efectuada por el Ministerio de Educación señalaba que el 30% de los chicos de 11 a 17 años en la Argentina veía seis horas diarias de televisión y el resto, no menos de tres horas. Cifras inquietantes en un país donde, además, no parece haber ni regulación ni autorregulación responsable sobre los contenidos. La falta de comunicación se manifiesta también en la falta de tiempo para la intimidad (emocional, conversacional, creativa) en las parejas y familias, un fenómeno que resuena en los lamentos que, cada vez más, escuchan los psicoterapeutas, los consultores psicológicos, los pastores, rabinos y sacerdotes. Algo explicable cuando los principales suplementos económicos dan cuenta de la nueva modalidad de los ejecutivos, que consiste en trabajar más horas por semana, hasta incluir los domingos, aunque en este caso algunos aclaran que concurren a la oficina en bermudas, así como otros calzan su traje de baño y van a la playa provistos de su notebook con conexión inalámbrica. El psicoeconomista español Alex Rovira (asesor económico y autor de La brújula interior, un libro que vendió más de 400 mil ejemplares) fue consultado acerca de la frase que sostiene estas conductas: “No puedo no hacerlo, es mi trabajo, tengo que ganarme la vida”. Dice Rovira: “¡Qué frase tan perversa! La vida ya la tienes ganada, ahora dale sentido. O el último día te oirás decir: Sí, me gané la vida… ¡pero no la viví!”. La comunicación se esfuma cuando los casi dos millones y medio de cuentas de correo electrónico que existen en el país portan un 90 por ciento de spam (mensajes basura) o de mensajes prescindibles, o cuando los 20 millones de celulares que circulan por el país son, a menudo, como advierten los estudiosos del comportamiento social, interruptores u obstáculo de la comunicación personal, ya que siempre tienen prioridad sobre la presencia del interlocutor de carne y hueso. Lo que nació como una herramienta de gran utilidad en emergencias o para contactos necesarios e imposibles hasta entonces, amenaza ahora con ser el “ruido” que impide la comunicación. Una verdadera paradoja. Pero acaso nada sea tan paradójico como la cifra que proporcionó a La Nacion en el último mes de octubre el representante de una de las dos empresas que recogen desechos electrónicos a escala nacional. Unas 100 mil toneladas de equipos informáticos y electrónicos se convierten cada año en chatarra en el país. La mayoría de ellos no se rompió ni dejó de funcionar. Simplemente son obsoletos, pasaron de moda. Sus usuarios los descartan sin haber aprendido a usar todas las funciones del equipo. El motivo es, sencillamente, “ponerse al día”, no quedar “fuera de onda”. Dónde poner el foco Para todas estas cosas se necesita tiempo. Como el dinero, el tiempo es una convención y, como aquél, si se usa en un lugar merma en otro. La conexión sin comunicación, la carrera detrás de lo novedoso, el priorizar lo material (bajo la forma de rentabilidad, consumo de bienes y servicios, lujo disfuncional y dispendioso, explotación irracional del medio ambiente) requiere un tiempo y una atención que, usualmente, se resta de los vínculos con amigos, con familiares, con hijos y pareja, con actividades enriquecedoras en lo emocional y espiritual. Y esto conlleva costos de salud psíquica y vincular. Como suele aconsejar Stephen Covey, el célebre consultor en liderazgo que asesora a empresas, colegios, universidades y gobiernos, además de ser autor, entre otros títulos, de Los siete hábitos de la gente altamente efectiva y Primero lo primero, “la urgencia es un calmante temporal que se usa en exceso”. ¿Qué calma la urgencia? Procura aplacar la angustia provocada por la brecha que se abre entre la brújula y el reloj. Aunque son parecidos (cuadrante, cristal, agujas), el reloj marca el tiempo mientras que la brújula orienta la dirección. Y hoy estamos inmersos en la cultura del reloj. Hacerlo todo, rápido, llegar a tiempo, ganar tiempo, no tener tiempo. La brújula (¿adónde voy?, ¿para qué?, ¿qué puedo aprender y apreciar en el camino?, ¿cuál es el norte de mi marcha y, por lo tanto, el sentido de mi vida?) suele quedar olvidada en el fondo de una mochila sobrecargada de cosas prescindibles. En el Tíbet existe este dicho milenario: “Si quieres conocer el futuro, mira el presente”. Se puede traducir en las siguientes preguntas: ¿Están nuestros esfuerzos en lo que de veras importa y trasciende? ¿Estamos comunicados con la voz de nuestro corazón y con la mirada de nuestros seres queridos? ¿Estamos atendiendo a nuestras necesidades o somos presa de nuestros deseos? ¿Estamos viviendo una vida elegida o sólo la que se nos induce a vivir? Michael y Justine Toms, un matrimonio de consultores en comunicación y mercadotecnia, creadores de los Círculos de Trabajo Auténtico, grupos de reflexión sobre el sentido, el cómo y el para qué del trabajo en la vida de las personas, y autores de El zen del trabajo, dicen: “Servir a las personas y al planeta es el sello distintivo del trabajo auténtico. Lo que hagamos, cómo lo hagamos, cómo produzcamos, cómo consumamos, cómo nos relacionemos entre nosotros y con los otros, influirá en nuestra vida, en la de nuestros hijos y en la de los hijos de nuestros hijos”. En contraste con esta propuesta, hay cifras que llaman a una deliberación urgente y activa. En octubre de 2006, la New Economic Foundation (NEF), una organización que ha desarrollado el concepto de deuda ecológica para cuantificar la incidencia de la industrialización y el consumo masivo sobre el planeta, informaba que para esa fecha los seis mil millones de habitantes de la Tierra habían agotado el capital ecológico correspondiente a todo el año. En los tres meses que faltaban para completar el período, advertía NEF, se gastarían más recursos de los que el planeta está en condiciones de regenerar. Es, como el título del documental que el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, ha divulgado a lo largo y ancho del mundo, Una verdad incómoda. Pero es una verdad que nos atañe en nuestra vida y hábitos cotidianos. Se puede permanecer indiferente ante ella, pero eso no garantiza indemnidad. Al contrario. Muy entretenidos Toneladas de chatarra electrónica usable, frenesí en la producción de autos y gasto de combustible, invitación a consumir en horarios de descanso (“happy hours” de compras después de medianoche) son apenas algunos emergentes de un estilo de vida que se difunde mientras desaparecen los espacios de encuentro humano, esos en los cuales se dialoga, se confraterniza, se comparte, se relata, se escucha. Se construyen cada vez más espacios de esos que el antropólogo francés Marc Augé bautizó no lugares (centros comerciales, megaestadios, gigantescos aeropuertos con faraónicos free shoppings , etc.), de los que Bauman, en su ensayo La globalización , dice: “La gente es atraída y entretenida constantemente, aunque nunca durante mucho tiempo, por las interminables atracciones. Pero no la alientan a detenerse, mirarse, conversar, pensar, ponderar y debatir algo distinto, a emplear el tiempo en actividades desprovistas de valor comercial”. De ese modo, se robustece un tipo de vida que Bauman insiste en describir: “No solidarizarse con el otro, sino evitarlo, separarse de él: tal es la gran estrategia de supervivencia en la megalópolis moderna”. Sin embargo, algo no funciona. En la última semana de diciembre, el semanario británico The Economist confirmaba que, aun cuando la economía mundial ha crecido a una tasa anual del 3,2% desde 2000 (y los ricos se enriquecieron más, consecuentemente), las encuestas sobre el estado de felicidad de las personas no muestran índices crecientes. De regreso a Maslow, parece confirmarse que satisfacer necesidades materiales y fisiológicas nada significa si no se continúa el ascenso de la pirámide. Insatisfechas, las otras necesidades seguirán siendo preguntas abiertas, como las que salpican este texto. Su falta de respuesta también puede medirse en cifras. En la Argentina, donde la economía crece a un sostenido 9% anual, la Confederación Farmacéutica (que representa a 10 mil farmacias de todo el país) señala que el consumo de antidepresivos aumenta un 12% por año. Una encuesta de Gallup realizada hace un año y que abarcó a 50 mil personas en 70 países, incluido el nuestro, reveló que cada vez más personas se inclinan hacia la religión. Buscan en un ámbito trascendente las respuestas emocionales y espirituales que necesitan ante “la inconsistencia de los valores sociales y políticos”, como señaló entonces el filósofo Santiago Kovadloff. Sobre esto mismo, la escritora italiana Susana Tamaro (autora de Donde el corazón te lleve , un libro profundamente reflexivo que ya alcanzó nueve millones de ejemplares en el mundo) le confió a la periodista argentina Teresa de Elizalde: “La tendencia de convertir al hombre en una máquina sin alma ha creado el efecto contrario. Las personas sentimos nostalgia de cosas esenciales, de vida interior, y nos revelamos a la dictadura del materialismo. La vida es algo más que comprar o drogarse. Hay una realidad más misteriosa y profunda, la realidad espiritual. Aparentar y vivir son considerados sinónimos, pero no es así”. Esa realidad espiritual, esas necesidades del alma, el encuentro con los otros, el tiempo para el diálogo y la caricia, para la mirada y el registro, para sentir y transmitir, son el agua. Todo lo demás es grifería. Mejor o peor diseñada, más cara o más barata, más ostentosa o más minimalista. Sólo grifería. Es útil. Pero lo necesario es el agua.
Por Sergio Sinay – La Nación, domingo 14 de enero de 2007

Una respuesta to “¿Qué estamos haciendo con nuestra vida?”

  1. Muy buen blog, le felicito. Tal vez le interese EL ARTE DE LA VENTAJA, libro virtual para descargar en

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