Para cruzar la brecha…

Todos los que oímos a personas aquejadas de distintas pesadumbres hemos recibido relatos en los que el dolor está causado por la imposibilidad de lograr algo: la correspondencia amorosa de otro, la adquisición de algo muy deseado, el mejor puesto en una competencia, el reconocimiento de otras personas, la habilidad para ejecutar un instrumento, el éxito económico o intelectual, etcétera. La lista puede ser tan larga como los deseos humanos. Analizando la constitución de estos deseos, vemos que siempre están originados en aprendizajes sociales acerca de lo que es valioso o no en cada cultura. Aun en los deseos que están relacionados con los instintos básicos (sexuales, alimentarios o de supervivencia), el objeto de satisfacción está revestido por los determinantes de la cultura y varía en cada momento histórico. No nos atrae sexualmente cualquier persona, no comemos cualquier cosa aunque sea alimenticia, no siempre elegimos lo más conveniente para vivir muchos años. Y estos gustos además cambian según los distintos tiempos del desarrollo de la cultura.Cuando no nos damos cuenta de que lo deseado es algo que aprendimos a desear, que el objeto de nuestro deseo es arbitrario, y además exageramos sus cualidades, instalamos uno de los topes que va a establecer la brecha.
La idealización de un tipo de mujer, el primer puesto en la carrera, el 100% de los votos y una posición económica privilegiada aparecen como parámetros necesarios para lograr la felicidad. Se exagera de tal manera el objetivo que se restringen las posibilidades de alcanzarlo.
Pero, además, podemos agrandar la brecha si exageramos el otro polo, el punto de partida: me refiero a la imagen desvalorizada de nosotros mismos. Pensamos, por ejemplo: “Es imposible que ella se fije en mí, que soy tan feo y torpe…”/ “No creo ni poder empezar a correr esa carrera.”/ “¿Quién me conoce a mí para querer votarme?”/ “Mi posición económica es tan pobre que espanta a la gente”. La brecha cambia inmediatamente si cuestionamos sus bordes. Borde superior: “¿Quién me dijo a mí que tengo que ser tan fantástico para lograr eso?”.
Borde inferior: “¿De dónde saqué esa idea de que soy un desastre?”.
Si pienso que yo debería volar y en lugar de hacerlo me arrastro, sólo puedo deprimirme.

“No es que ellos sean tan grandes; es que nosotros estamos arrodillados”. Si revisamos los parámetros con que establecemos brechas en las distintas circunstancias de nuestra vida, podemos transformar metas que antes pensábamos inalcanzables en logros posibles, podemos descubrir que simplemente con nuestro paso vamos a cruzar la brecha.
Lograr la felicidad no es un salto imposible.

Por Jorge Brusca – La Nacion 17/06/2007 . Leer nota completa…

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